Musurita: Cotoca, tradición, naturaleza, el duende y comida deliciosa
En un rincón a solo dos kilómetros y medio de la plaza principal de Cotoca, donde el asfalto cede el paso al susurro de las hojas, se encuentra Musurita. No es un jardín perfectamente diseñado ni un restaurante de etiqueta. Es, en palabras de su creador, Fernando Rojas, una recreación del paisaje y un portal de regreso al Santa Cruz de antaño.

El origen: del refugio familiar al emprendimiento Fernando es un hombre criado a la antigua, mitad beniano y mitad cruceño, cuya infancia transcurrió entre el monte, gallinas, vacas y perros. Su amor innato por la naturaleza lo llevó a convertirse en biólogo y a cursar una maestría en gestión de medio ambiente. Con esa sensibilidad, en el año 2017 adquirió un terreno junto al río con un único propósito: crear un espacio privado para que sus hijos aprendieran a convivir de cerca con las plantas y los animales.
Sin embargo, el destino tenía otros planes. Las constantes visitas de amigos empezaron a generar un costo insostenible para la economía familiar, rondando los 3.000 y 4.000 bolivianos mensuales. «Oye, si te vendo el plato mejor», les planteó Fernando entre risas. Así, en 2018, aliado con una amiga experta en cocina tradicional, las puertas de la quinta privada se abrieron oficialmente al público.
El duende que marcó un nombre El nombre de este refugio esconde una historia de la infancia que Fernando relata con una mezcla de pudor y humor. Criado en la Villa Primero de Mayo que por entonces aún era medio monte, asegura haber sido perseguido incansablemente por el duende. El trauma de sentirse observado por la ventana trasera y las monedas de cinco centavos puestas en las bardas para ahuyentarlo lo acompañaron hasta la edad adulta.
Cuando Fernando visitó por primera vez el terreno en Cotoca, el vendedor pronunció una frase que selló el destino del lugar: «Estos terrenos son antiguos, son caminos del duende». Sorprendido por la coincidencia y recordando la serie de televisión de SAFIPRO, de Enrique Alfonso —donde «Musurita» era la niña raptada por el duende—, decidió unificar sus historias. Así nació el logotipo del duende y el nombre del lugar. Aunque hoy bromea diciendo que «hicieron las pases por negocio», admite que no se queda a dormir allí por miedo, mientras los caseros aseguran ver la silueta del mítico personaje rondando la casa y los alrededores.
Resistir en tiempos difíciles Lo que comenzó como un pasatiempo de fin de semana, se convirtió en su ocupación absoluta desde hace cinco años. La dura realidad económica del país, sumada a los estragos de la pandemia y los conflictos sociales, obligó a cambiar la estrategia: el lugar pasó de abrir únicamente sábados y domingos a atender de martes a domingo.
Detrás del verdor de Musurita hay una enorme responsabilidad social: 30 personas trabajan en el lugar. Para Fernando, garantizar el sustento de estas familias es la prioridad absoluta, incluso cuando las ventas no cubren las expectativas del día. Su motor es la fe en Dios y el profundo cariño que le tiene al espacio que construyó con años de esfuerzo y conocimiento.
La esencia del Santa Cruz de antaño A pesar de las dificultades y la falta de apoyo de las autoridades locales para promover el turismo en Cotoca —un municipio que Fernando considera con un potencial enorme y abandonado—, Musurita se mantiene firme en su identidad.
Quien llega a este rincón no encuentra chefs vestidos de blanco con gorros elegantes, sino la calidez de un hogar tradicional. Debajo de una cabaña con techo de motacú y sentados frente a mesas rústicas, los visitantes pueden disfrutar de comida típica caliente, un café con «frito» y la hospitalidad sin pretensiones de la tierra cruceña. Es un espacio cultural donde la naturaleza y la tradición se niegan a desaparecer.









Edición: Redacción Periodista Virtual
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