Jauría de Palabras: una ruta de poesía, memoria y comunidad
Crónica sobre de la octava versión de Jauría de Palabras, festival que convirtió a Santa Cruz, el Plan 3000 y Lagunillas en escenarios vivos de poesía, memoria e identidad comunitaria.

El Festival Internacional de Poesía Joven Jauría de Palabras llegó a su octava versión como un huracán. Sentí que el tiempo pasó demasiado rápido, como si los días hubieran sido apenas un relámpago entre abrazos, lecturas, viajes, cafés, música y encuentros. Sin embargo, también comprendí que, aunque el tiempo avance con prisa, el corazón y el cariño siempre están dispuestos a recibir a los poetas.
“Ya estamos a la vuelta de la esquina”, me dijo Valeria Sandi. En ese momento entendí que todo final es también un inicio. El cierre del festival anterior había sido, en realidad, el comienzo silencioso de esta nueva versión: un trabajo paciente, casi de hormiga, para lograr que este año la poesía llegara con fuerza a Santa Cruz de la Sierra y al municipio de Lagunillas.
Del 6 al 10 de mayo de 2026, la mirada estuvo puesta en este encuentro. El equipo de Trueque Poético, siempre prolijo y cuidadoso, organizó la recepción de los invitados y tejió una programación precisa, sensible y diversa, tanto en Santa Cruz como en Lagunillas. En este último municipio, la coordinación se fortaleció junto a la Sociedad Literaria Arnulfo Peña – Elio Ortiz, Sede Camiri, encabezada por Lucho Arroyo.
La noche del 6 de mayo se realizó la inauguración del festival en instalaciones del Centro Simón I. Patiño. Allí se reunieron poetas de Argentina, Chile, Cuba, Costa Rica, México, Perú y Bolivia, además de invitados y gestores culturales que acompañaron esta celebración de la palabra. Cada poeta llegó con una forma distinta de mirar el mundo, pero todos compartían algo esencial: la certeza de que la poesía puede acercar, sanar, incomodar, transformar y abrir caminos donde antes parecía haber silencio. También fue importante la participación de la delegación musical de Chile con “El Sur canta la poesía”, que sumó música, emoción y territorio a la jornada.
Uno de los momentos más significativos para mí fue recibir, desde el Centro San Isidro, a una delegación de poetas nacionales e internacionales. Me acompañaron Liudmila Quincoses, de Cuba; Ángela Gentilo, de Argentina; Omar Aramayo, de Perú, poeta homenajeado de esta versión; y Cande Roca, poeta del Beni. Juntos recorrimos el Plan 3000, una de las ciudadelas más importantes y representativas de Santa Cruz de la Sierra.
Caminar con los poetas por el Plan 3000 fue abrir una conversación entre la palabra y el territorio. Visitamos la Plaza de Armas El Mechero, la catedral, la plaza y la campana. Allí nos esperaba Rubén Becerra, periodista de Resistencia El Mechero, quien compartió con nosotros parte de la historia viva del lugar desde su experiencia y memoria barrial. Su voz nos ayudó a comprender que el Plan 3000 no es solamente una zona de Santa Cruz, sino una historia de lucha, identidad, migración, resistencia y comunidad.
La noche del 7 de mayo estuvo marcada por el homenaje a Omar Aramayo, una figura fundamental de la poesía latinoamericana. Luego del acto, nos fuimos a cenar y, casi como una turbulencia hermosa, partimos rumbo al micro que nos esperaba para viajar a Lagunillas. Eran cerca de las once de la noche. El viaje fue largo, pero profundamente sentido. Entre charlas, cansancio y emoción, la carretera también se volvió parte del festival.
Al llegar a Lagunillas, nos recibió un desayuno cálido y generoso. Muy pronto comenzaron las actividades. Tuvimos la visita del alcalde, del Cónsul de Chile en Santa Cruz y de una familia que apoyó de manera comprometida el desarrollo del encuentro. Los poetas se dividieron para visitar unidades educativas: una en el mismo pueblo y otra, a unos quince minutos, en la comunidad guaraní de Ipitá, justo por el cruce donde el camino continúa hacia Camiri y dobla hacia Lagunillas.
Estar en los colegios fue una de las experiencias más hermosas del festival. Sentí que fue un verdadero ida y vuelta. Nosotros llegamos para compartir poesía, pero recibimos mucho más de los estudiantes. Sus preguntas, sus sonrisas, su atención y su entusiasmo nos recordaron que la palabra todavía tiene un lugar poderoso entre las nuevas generaciones. Nos sentimos privilegiados al firmar decenas de autógrafos. Fue, literalmente, de película.
Por la tarde, se realizó un emotivo espacio de reconocimiento a los poetas. Los niños abrieron un callejón al ritmo del Himno a la Alegría, y cada invitado pasó hacia el Concejo Municipal. Allí se desarrolló un acto simbólico muy significativo, en el que todos los poetas fueron nombrados huéspedes ilustres. Fue un gesto de cariño, pero también una declaración cultural: Lagunillas estaba abrazando la poesía como parte de su identidad.
Esa noche, la iglesia del pueblo se convirtió en un escenario inolvidable. Después de la misa, un coro de niños y una sinfónica hicieron vibrar el centro religioso. Luego, en el ingreso de la iglesia, se instaló un escenario donde volvimos a escuchar música y poesía. Entre las voces invitadas, la poeta y cantante Neddiel Muñoz, indígena mapuche de Chile, nos hizo erizar la piel. Su canto atravesó la noche como una memoria antigua, viva y profundamente espiritual.
La mañana del 9 de mayo nos dirigimos a la comunidad de Caraparicito. Allí conocimos parte de su historia, sus desafíos y su manera de sostener la vida comunitaria. Entre telas, poemas, baile y comida típica, nos fuimos despidiendo lentamente de ese territorio. Más tarde visitamos otra comunidad guaraní. Las muestras de cariño continuaron, como si Lagunillas hubiera decidido recibirnos no solo con actos formales, sino con el corazón abierto.
Al finalizar la jornada, después del almuerzo, solo quedó decir hasta pronto. Me fui con un profundo agradecimiento hacia toda una comunidad que, encabezada por su alcalde y acompañada por su gente, decidió poner a Lagunillas en el centro de la poesía latinoamericana. Aun así, el festival continuaba: los poetas permanecían allí y el programa seguía hasta el 10 de mayo.
Al mirar hacia atrás, siento que esta octava versión de Jauría de Palabras no fue solamente un festival. Fue una ruta afectiva. Fue una forma de demostrar que la poesía no pertenece únicamente a los auditorios, a los libros o a los escenarios formales. La poesía también camina por las plazas, conversa con los barrios, entra a las escuelas, cruza caminos de tierra, canta en las iglesias y se sienta a compartir café.
Como Juan Pablo Sejas, como director del Centro San Isidro y como parte de esta experiencia, me queda la certeza de que la poesía sigue siendo una manera poderosa de construir comunidad. Esta Jauría no solo trajo palabras: trajo memoria, amistad, identidad y esperanza.
Y aunque el festival haya terminado, sé que su final vuelve a ser el inicio de algo nuevo.
Gracias a todos.
Por: Juan Pablo Sejas. Director. Centro San Isidro, co organizador del Festival Jauría de Palabras.



























