Educación ambiental para la producción agropecuaria y forestal sostenible
Una nueva educación ambiental para valorar el campo y cuidar el futuro

La educación ambiental es una de las bases más importantes para construir una producción agropecuaria y forestal sostenible. En regiones como Santa Cruz, donde el desarrollo económico está profundamente ligado al uso del suelo, el agua, la biodiversidad y los bosques, resulta fundamental que la sociedad comprenda la relación directa entre producción, naturaleza y calidad de vida.
El artículo de Erwin Angel Aguilera Antúnez plantea que la educación ambiental debe dejar de ser un discurso abstracto y convertirse en una herramienta práctica para productores, consumidores, instituciones educativas y actores públicos. La sostenibilidad no depende solo de normas o tecnologías, sino también de una ciudadanía capaz de valorar los servicios ecosistémicos que hacen posible la producción: suelos fértiles, agua disponible, polinización, regulación del clima, biodiversidad y conservación de paisajes.
Uno de los aportes centrales del texto es la propuesta de una Nueva Educación Ambiental. Esta mirada reconoce que el hombre de campo no es únicamente un productor de alimentos, sino un actor histórico, cultural y económico que transforma el territorio para sostener a la sociedad. Su trabajo permite alimentar a las ciudades, generar empleo y dinamizar la economía; pero también implica una responsabilidad directa en la conservación de los recursos naturales.
Revalorizar el papel del productor agropecuario y forestal, no desde la idealización, sino desde la corresponsabilidad. Producir es necesario, pero debe hacerse con criterios de sostenibilidad. Por ello, la educación ambiental debe enseñar a tomar decisiones sobre el uso del suelo, el manejo del agua, la conservación de bosques, la productividad, el ordenamiento predial y la protección de la biodiversidad.
El autor también destaca que la educación ambiental no debe dirigirse solo a los productores. Todos los eslabones de la cadena tienen responsabilidad: procesadores, distribuidores, comerciantes y consumidores. Quien compra, consume o desperdicia alimentos también participa del impacto ambiental del sistema productivo.
Finalmente, plantea aprovechar espacios como zoológicos, jardines botánicos, centros de educación ambiental, bioparques e iniciativas privadas para fortalecer una cultura ambiental activa. Estos espacios pueden convertirse en centros de aprendizaje, reflexión y acción para niños, jóvenes, productores y ciudadanos.
La sostenibilidad empieza por comprender que el ambiente no es un obstáculo para el desarrollo, sino su base. Educar para producir y conservar es, en ese sentido, una tarea urgente para Santa Cruz y Bolivia.
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