Discurso liminar: Siempre hay un momento para…
En el marco de la presentación del poemario Siempre hay un momento, de Juan Pablo Sejas, el crítico literario y cónsul honorario del Reino de Marruecos en Santa Cruz, Bolivia, Juan Murillo, ofreció un discurso inspirado en la lectura y el análisis de la obra. A continuación, compartimos sus palabras.

“Desfallece
como un crepúsculo, el eco de las palabras
[Ricardo Jaimes Freyre, Castalia Bárbara, Voz extraña, 1899]
El libro que hoy tenemos entre manos de Juan Pablo Sejas se da a conocer como un texto poético con un título “Siempre hay un momento”, inicialmente parecería caminar a contra marcha de una mirada más académica que acepta y juzga, pues la obra constituye -más bien- un desafío al lector desde la primera mirada sobre la tapa del libro. Por tanto, para ingresar al interior de sus páginas, hace falta un ojo atento mirando un reloj en disolución con tintes dalinianos, una mirada sencilla dejará al lector en el banal y simpático disfrute de la superficial tensión del plano exhibido, pero no podrá llegar al plano crucial de lo sensible, será necesario ver más allá de lo físico a través de una conciencia espiritual trabajada por el autor y re-escrita por el lector, se requiere de crear un contexto que sale de lo espiritual para ingresar en el aspecto filosófico, es decir para llegar al alma del poema y del poeta. Mientras, otros seguidores se desplazan por la superficie de la tierra, Juan Pablo intenta sondear las profundidades de la tierra con el lenguaje de lo vivencial -casi confesional- en una sincera proyección que va más allá de su propio cuerpo en la extensión natural de su prole, de sus antecesores (los progenitores) y la amada que une y separa:
“Ser hijo, ser padre, y ser hermano / son bendiciones silenciosas / que rara vez nombramos…/…”
Entre frases contenidas de emociones sensuales, con la sinestesia intuida de sus recursos, crea imágenes como en el poema titulado Metamorfosis:
“mis dedos-aguijones rasguen tu espalda / mis pies- espolones rocen tus pierna-pétalos… /…”
Esta construcción de propiedades extrañas invita permanentemente a fluir sobre un rio de palabras para alcanzar la dimensión amorosa del poeta, y a través de la metamorfosis propuesta, él desnuda la materia prima de su amor total y pleno. Este juego permanente de frases traducidas en imágenes, requiere una lectura atenta de los giros literales, porque en tiempo y movimiento no se corresponden, pero si, en la imaginación del lector es posible re-construir estos planos para sentirlos más allá de lo evidente y contradictorio del relato. Ahora le toca al lector, armar su propia versión, toda vez que según sabemos, el poema es de quien lo lee. Es así como otro poeta solía decir, que un poema nunca se termina, se abandona y se publica cuando el bardo está agotado de corregirlo.
El salto al abismo en poesía se entiende como una confrontación con lo desconocido, es una metáfora de la introspección, pero ella será útil en cuanto que el sujeto poético se atreva a tener una mirada crítica del mundo, de las cosas, de su sociedad y de sus propias creencias. En “Siempre hay un momento” asistimos a un permanente dialogo entre el escritor y su entorno, visión y misión en el ejercicio de un desafío permanente para conquistar las utopías soñadas.
El silencio es un tema recurrente en la construcción poética del texto, a veces como sinónimo del abismo, otras veces como un espacio por habitar. En el poema “Nuestro silencio” encontramos al final del mismo:
“Tus gritos, /tu llanto, /una vez más, / el silencio.”
Entre el relámpago que es luz y el trueno que es sonido hay una distancia temporal, dicho tiempo transcurre en absoluto silencio, en dicho silencio está la palabra, palabra que es todas las palabras, allá nace la poesía, porque la verdadera poesía nace y vive en el silencio eterno. Del trueno nace el lenguaje.
Juan Murillo Dencker
Santa Cruz de la Sierra, diciembre del 2025






